Carta a los seminaristas de San Rafael

Les escribo a ustedes, jóvenes, porque han vencido al maligno.

1ª Jn 2: 13

Queridos hermanitos:

¡Qué mejor día para enviarles estas líneas que esta festividad del día de Reyes! Ustedes que, como los niños de Belén, fueron las víctimas de la furia de quien no vaciló en dañar sin misericordia con la loca pretensión de afianzar su propio trono y su autoridad; ustedes que, como los niños de Belén, son los que forman el cortejo del Rey de Reyes que reina desde la Eucaristía.

Los designios de Dios son difíciles de entender: la Iglesia celebra lo que humanamente es una masacre. El mismo profeta dice que las madres lloran sin aceptar consuelo porque el daño, humanamente hablando, es irreparable (cfr. Mt 2, 18).

Nosotros, humanos, que a veces pretendemos escribir un libreto mejor que el de Dios, nos preguntamos por qué el Señor no advirtió a los magos antes de que fuesen a ver a Herodes (cfr 2, 12): si ellos no se hubiesen presentado en su palacio en Jerusalén, este malvado rey no habría sabido del nacimiento de Jesús y no hubiera asesinado a los inocentes, pensamos.

Así también, si no se hubiese dado esta situación de la pandemia y la cuarentena, no hubiera habido ocasión y pretexto para cerrar el seminario… O si ustedes y los fieles y clero de San Rafael no nos hubiésemos afianzado en la reverencia debida a la Eucaristía –algo que el mundo no comprende– pensamos que no se hubiera llegado a eso. Son pensamientos humanos.

* * *

Ustedes han tenido que superar su propio dolor, dejar de lado su propia perplejidad y desconcierto al experimentar que la misma autoridad que debería haberlos protegido y orientado en el camino de la consagración a Dios es la que se ha cebado en ustedes: no en sus cuerpos pero sí en sus almas; como cuando se perpetra un abuso de parte de alguien de la propia familia… Y han tenido que consolar a sus madres, frenar quizá la indignación de sus padres, disimular a lo mejor delante de hermanos más pequeños… en fin: ayudar a veces a superar la prueba del escándalo a familiares y amigos que acompañaban con alegría este camino de ustedes hacia el altar, y que ahora sienten la tentación de considerar que todo lo que predica la Iglesia es un engaño y una hipocresía: amor, misericordia…

Para nosotros, sacerdotes que vamos cumpliendo muchos aniversarios de ordenación, o que comenzamos a contar los años de servicio ministerial a la Iglesia de Cristo, con la esperanza de llegar al final habiendo perseverado, para poder recibir la corona prometida (2 Tim 4, 8), nosotros, incluso quienes en este momento somos amenazados y sancionados, tenemos ese consuelo: que somos sacerdotes de Cristo y llevamos el sello del Orden Sagrado.

Para ustedes es el dolor y el temor de si podrán recibir este don, en el cual sienten que recibe sentido la vida de ustedes. En este dolor, temor y expectativa sólo podemos acompañarlos con el silencio de la plegaria, poniendo sobre el Altar, en nombre de ustedes, esta súplica: que no se frustre por la malicia humana el designio de Dios.

Con el cierre del seminario ha terminado una etapa, pero no ha llegado a su fin la agonía. La autoridad mal ejercida pretende seguir controlando sus vidas y turbando la paz de sus hogares: rezamos por ustedes para que cada uno reciba la luz del Espíritu Santo que les haga encontrar el apoyo necesario en los buenos sacerdotes, para que reciban la luz de Dios para iluminar el camino de cada uno: sus elecciones, sus decisiones.

Porque la falta de un ambiente sereno de auténtico discernimiento, como es un seminario, hará más difícil la tarea ya de por suyo delicada de distinguir las voces que escuchamos en nuestra conciencia. Porque la gran tarea es “aprender a reconocer la voz del Señor”, como el joven Samuel que habitaba en el Templo (cfr. 1 Sam 3, 7) y poder decir con plena disponibilidad: “Habla, Señor: tu servidor escucha” (v. 10).

Será, decimos, más difícil porque el tiempo del seminario es como el noviazgo: a medida que pasa el tiempo, se va afianzando la convicción de que ese será el estado de vida… pero no siempre lo que Dios quiere es el compromiso esponsal, o el de la ordenación. Para algunos sí, para otros no. Para varios de los que pasan por el seminario, lo que Dios quiere es darles la oportunidad de un crecimiento espiritual, de una mejor formación, de vínculos más firmes de amistad con sacerdotes… de todo aquello que enriquece para una vida de santificación laical. Pero ahora para varios estará la tentación no sólo de las seducciones del mundo, sino también de la decepción, quiera Dios que no del resentimiento por el maltrato padecido… Si alguno decide no seguir el camino del sacerdocio, quizá persistirá la duda de si realmente es “porque no se tiene la vocación” o la reacción por haber sido rechazado.

Empeñamos nuestra oración para que esto no ocurra: que verdaderamente cada uno descubra en plena libertad el camino único e irrepetible que Dios ha proyectado para cada uno: las buenas obras que Él preparó de antemano para que cada uno las haga (Efesios 2, 10).

* * *

Un consejo que nos parece importante es: sigan en contacto, fortaleciendo los vínculos de amistad y fraternidad. Los une no sólo un Llamado, sino una experiencia particular de dolor… Humanamente hablando, un “estigma”, una marca, que puede incluso complicarles el ingreso en otro seminario. Confiamos, sin embargo, en que la Providencia de Dios les allane el camino. Pero nos parece bueno que esta prueba que han soportado juntos también los mantenga unidos como luchadores de Dios.

Así como los magos encontraron en la estrella la señal divina que los guiaba con seguridad en su peregrinación, deseamos que el amor de Dios ponga en el corazón de cada uno la disponibilidad a la Sabiduría Divina que los haga reconocer su Presencia y seguir con decisión el rumbo que Él les marca. En medio de nuestras limitaciones, y también de las dificultades que en estos momentos debemos afrontar también nosotros, nos ponemos a su disposición y nos comprometemos a acompañarlos con nuestra oración.

En este año dedicado a san José le pedimos a este varón justo y fuerte elegido para proteger al Hijo de Dios que los defienda de los nuevos Herodes, y que también a la familia de cada uno de ustedes les conceda la paz que vino a habitar en nuestra tierra con el Nacimiento del Salvador: que los provea siempre de lo necesario para las necesidades del cuerpo, y sobre todo que haga de cada hogar un verdadero santuario doméstico, que les permita vivir en intimidad con Jesús, el Buen Pastor, al que un día decidieron entregar su vida para ser imágenes suyas, mientras se disipa la oscuridad y encuentren el ámbito favorable para continuar con el cultivo de la vocación que Dios les ha dado.

Oramos por ustedes y los bendecimos…

Publicado por seminariodesanrafael

Somos sacerdotes formados en el Seminario Diocesano de San Rafael, agradecidos a la Providencia Divina por concedernos el inmerecido regalo de cultivar nuestro espíritu en una casa de formación que supo reproducir el clima de santidad del Hogar de Nazaret, la Casa del Sumo y Eterno Sacerdote, Fruto bendito del vientre inmaculado de la Virgen cuya custodia fue confiada al más santo y humilde de los hombres.

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